Por Viviana Urrutia, periodista, máster en dirección de comunicación y magíster en gerencia pública

Hace mucho la violencia o desprecio dejó de considerarse muestra de carácter y poder. Se nos inculca que no es aceptable en las parejas, en la educación de los niños, en las familias, en establecimientos educacionales, en lugares de trabajo, en la calle ni en ningún otro espacio de convivencia humana.
Esa noble intención no necesariamente significa que estén erradicados y ya es momento de tomárselo en serio. De no hacerlo, peligra la calidad de vida de todos y el cumplimiento del auténtico objetivo de los grupos humanos desde el más pequeño al más complejo. Lo más duro es que nos convierte en una sociedad hipócrita que intenta parecer lo que no es, aun sabiendo que es dañino.
La indolencia no puede atribuirse a los volátiles tiempos actuales, porque es un hábito humano. Lo que nos impresiona en un inicio, a través de los medios de comunicación, sumando ahora a las redes sociales, en un par de días más pasará al olvido. Así nos han impactado femicidios, parricidios, suicidios por ciberbullying o por hostigamiento laboral con los nombres de sus víctimas en titulares para después encabezar proyectos de ley o leyes finalmente.
El discurso desde la vitrina es sentido, llama a sensibilizar y a que como sociedad tomemos conciencia. Pese a ello, las víctimas siguen aumentando, las políticas siguen siendo reactivas, los medios de comunicación con morbo nos comparten detalles dramáticos de ese dolor ajeno para conmovernos y como espectadores aparte de alarmarnos al inicio, poco a poco perdemos la capacidad de empatizar en lo más profundo hasta que nos toca vivirlo de forma personal.
Entonces, descubrimos la soledad de estar en medio de una de esas tragedias innecesarias, prevenibles, sin que la experiencia de quien está dentro rara vez tenga un buen final, sino al contrario, siempre es una pesadilla.
Vivir en armonía en el pololeo, en el hogar, en la escuela o la universidad, en el trabajo no es un privilegio. Es un derecho, profundo y fundamental para la calidad de vida individual y del conjunto. El buen trato no es más que trato digno. Sólo de ese modo, podemos enfocarnos con honestidad en el objetivo de cada uno de estos grupos humanos, entendiendo que quien está a nuestro lado, cualquiera sea su rol, colabora con el resultado que nos beneficia a todos y no está a merced de nuestro poder o mal genio, pero eso pasa, porque suele verse a ese otro como un adversario.
La comunicación es una herramienta no solo para informar o entretener. Su mayor poder reside en educar y con la educación se crea cultura.
Nos engañamos mutuamente con crear reglas de convivencia que no estamos interesados en cumplir, donde el paso esencial es el respeto auténtico sin condiciones. Eso ocurre, porque deshumanizamos al otro por el hecho de ser otro distinto que no consideramos afín a nosotros, al punto de verlo como un objeto. Justificándonos en su apariencia, forma de pensar o de ser que nos incomoda, nos creemos con la atribución de excluirlo, ridiculizarlo o lastimarlo.
Ponemos el grito en el cielo recién cuando vive algo así uno de los nuestros o nosotros mismos, pero la vida no se trata de que cuando nosotros esperemos a que el entorno se conmueva, suceda, si no hacemos el mismo ejercicio serio cuando ocurre a la inversa.
Cuando asesoraba a una institución, una trabajadora que por más de 10 años no había podido ir a la fiesta anual de disfraces por estar de turno, por fin concurrió muy feliz. Para eso eligió, junto a su marido e hijo, el atuendo de una mujer de la antigua Grecia. A mi parecer se veía hermosa, pero según la percepción del resto, lucía muy voluptuosa y recibió comentarios burlescos y hasta groseros de colegas en redes sociales, solicitándome ella esa misma noche, mientras yo seguía publicando fotografías del evento que, por favor, borrara todas aquellas donde apareciera.
Seguramente ya nadie se acuerda de su vestido ni imaginaron como se estropeó su noche. Para la mayoría fue solo una anécdota graciosa. Estoy segura que ella nunca lo pudo olvidar y yo, tampoco, que aún recuerdo lo triste que fue eliminar una a una esas imágenes donde sonreía con tanta ilusión. Provocar el sufrimiento ajeno, por pequeño o grande que parezca, no se puede normalizar.
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