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Columna de opinión: ¿Para qué sirven las alertas rojas si esperamos el desborde?

Las alertas rojas existen por una razón: anticiparse a la emergencia, no reaccionar cuando la tragedia ya está ocurriendo.

Cuando se declara una alerta roja ante el riesgo de desborde de ríos, esteros o canales, la pregunta es inevitable: ¿estamos evacuando preventivamente a las personas y animales que viven en las zonas de riesgo, o simplemente estamos esperando que el agua entre a sus casas para comenzar a actuar?

Porque si tenemos información meteorológica, monitoreo de caudales y mapas de zonas inundables, ¿qué sentido tiene esperar a que el río se desborde para recién movilizar recursos?

Es como una alerta de tsunami. Nadie entendería que, después de recibir la advertencia, las autoridades dijeran: “esperemos a que llegue la ola y después evacuamos”.

Entonces, ¿por qué con las inundaciones muchas veces parece ocurrir exactamente eso?

Una emergencia no comienza cuando el agua ya está dentro de una vivienda. Comienza mucho antes, cuando existen antecedentes suficientes para advertir que ese escenario puede ocurrir.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿quiénes son los responsables cuando no se actúa a tiempo?

No se trata solamente de buscar culpables después de la tragedia. Se trata de determinar si los protocolos funcionaron, si la información llegó oportunamente a las comunidades, si las zonas de riesgo fueron evacuadas, si existían albergues preparados y si los organismos responsables coordinaron efectivamente sus acciones.

También debemos entender algo fundamental: evacuar no significa esperar a que una persona esté con el agua hasta las rodillas para decirle que salga de su casa.

Evacuar significa sacar a las personas antes.

Antes de que el camino quede cortado. Antes de que un puente colapse. Antes de que una ambulancia no pueda ingresar. Antes de que una familia quede aislada. Antes de que alguien tenga que ser rescatado.

Y hay otro punto que muchas veces olvidamos: los animales también forman parte de nuestras comunidades. Para muchas familias rurales, sus animales representan trabajo, alimento y patrimonio. Una evacuación preventiva debe considerar también esa realidad.

Las alertas no pueden transformarse en simples mensajes que aparecen en un teléfono celular.

Una alerta debe convertirse en acción.

Porque cuando el desastre ya ocurrió, ya no estamos previniendo. Estamos reaccionando.

Y quizás ha llegado el momento de dejar de medir la eficiencia de una emergencia por la cantidad de recursos que movilizamos después del desastre y comenzar a medirla por algo mucho más importante:

¿Cuántas personas logramos poner a salvo antes de que ocurriera?

Las alertas rojas deberían ser el punto de partida de la prevención.

No la señal para comenzar a correr cuando el agua ya viene encima.

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