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Eduardo Jaramillo, el freirino que cruzó el mundo con su border collie para representar a Chile en un campeonato mundial

Entre verdes praderas, cercos que se pierden a lo lejos y rebaños que avanzan lentamente por extensos campos, hay paisajes que parecen sacados de una película. Quizás por eso, para muchos, las imágenes de las montañas de Irlanda evocan inmediatamente aquellas historias donde los perros pastores son protagonistas y donde el vínculo entre el hombre, los animales y el campo parece formar parte de un mundo detenido en el tiempo.

Pero para Eduardo Jaramillo Gajardo, esas postales no pertenecen a una película.

Son recuerdos de un viaje que lo llevó desde Puquereo, en la comuna de Freire, hasta Irlanda y posteriormente Escocia, donde tuvo la oportunidad de representar a Chile en un campeonato mundial de perros de trabajo junto a una de su border collie.

A sus 30 años, este ingeniero agrícola ha construido una historia ligada al campo y a los perros ovejeros desde mucho antes de imaginar que esa pasión algún día lo llevaría a competir al otro lado del mundo.

Porque antes del campeonato, antes de los aviones y antes de las montañas europeas, estuvieron los campos de Freire.

Una historia que comenzó en Puquereo

Eduardo nació y creció en Puquereo, en la comuna de Freire. Allí, entre las labores propias del campo, comenzó a descubrir que los perros podían ser mucho más que animales de compañía. “El tema de los perros siempre ha sido una… el border collie en general, un perro que nació desde la necesidad de los agricultores para poder reunir ganado”, explica.

Su primer acercamiento fue precisamente desde esa necesidad práctica. Quería contar con un perro que pudiera ayudarlo con los animales y fue su hermana quien le regaló un border collie.

Con él comenzó a entrenar y, poco a poco, fue entendiendo que detrás de cada movimiento del animal existía un trabajo que requería conocimiento, paciencia y una relación estrecha entre el guía y su perro. “Siempre pensé: necesito un perro que me ayude con los animales en el campo”, recuerda.

Tenía alrededor de 22 años cuando comenzó a competir. Hasta entonces, su experiencia estaba principalmente vinculada al trabajo cotidiano del campo, pero una nueva perra le permitió dar un paso más y probar suerte en competencias.

Lo que comenzó como una herramienta para el trabajo terminó transformándose también en una pasión competitiva.

Del campo chileno a las montañas de Irlanda

Con el paso de los años, los resultados obtenidos en distintas competencias fueron abriendo una posibilidad que parecía lejana: representar a Chile en un campeonato mundial.

La clasificación se definió a partir de los resultados obtenidos en los diferentes campeonatos, hasta que finalmente dos de sus perros quedaron dentro de la selección considerada para participar. Eduardo viajó finalmente con una de sus perras.

La preparación fue intensa.

Una vez confirmada su participación, decidió sacar a la perra temporalmente de las labores habituales del campo para concentrarse exclusivamente en el entrenamiento competitivo. “El perro de trabajo no es lo mismo que un perro de competencia”, explica.

En el campo se necesita efectividad y capacidad para resolver las tareas diarias. En una competencia, en cambio, cada movimiento debe ser mucho más preciso y técnico.

Y así comenzó una etapa de entrenamiento constante.

Hasta que llegó el viaje.

Eduardo permaneció cerca de un mes en Europa, pasando gran parte de ese tiempo en Irlanda, entrenando y compitiendo en diferentes campos antes de trasladarse a Escocia para participar en el mundial.

Fue entonces cuando aquella imagen que tantas veces parece pertenecer al cine se convirtió en realidad.

Montañas verdes. Rebaños. Grandes extensiones de campo. Perros trabajando entre las ovejas.

Y en medio de ese paisaje, un joven de Puquereo intentando hacer lo mismo que ha hecho durante años en su propia tierra.

Un paisaje distinto, pero un mismo idioma: el campo

Hay algo que Eduardo descubrió durante su estadía y que probablemente fue una de las conclusiones más significativas del viaje.

El campo cambia de paisaje, pero muchas de sus reglas permanecen.

En Irlanda y Escocia, los terrenos podían ser completamente diferentes a los de Freire. También había otro idioma, otras costumbres y otras formas de trabajar.

Pero había algo familiar. Las ovejas. Los perros. El terreno. La necesidad de mover un rebaño. La relación entre el hombre y el animal.

“La persona que es de campo real va a ser de campo real y va a poder desempeñarse en Chile, va a poder desempeñarse en Europa y probablemente en cualquier parte del mundo”, reflexiona Eduardo.

Esa experiencia le permitió comprobar que los conocimientos adquiridos desde niño en Puquereo tenían valor mucho más allá de las fronteras.

Y quizás por eso aquella experiencia estuvo marcada también por una mezcla de emociones.

“Era una cosa… no sé si entre nostalgia o alguna cosa por ahí, felicidad también metida”, cuenta al recordar cómo se sintió estando tan lejos de su casa, pero rodeado de paisajes que, pese a estar a miles de kilómetros, tenían algo familiar.

Un chileno entre los mejores

Llegar hasta el campeonato mundial no fue sencillo. Además del entrenamiento, existía otra dificultad: el idioma.

Eduardo reconoce que su inglés es básico y que la falta de práctica durante los años hizo que comunicarse fuera un desafío importante.

En Europa terminó apoyándose en integrantes de los equipos argentino y uruguayo, entre ellos personas que dominaban otros idiomas y que ayudaron a facilitar la comunicación durante la competencia.

Pero el idioma no fue impedimento para entrar a la pista.

Y allí, acompañado de su perra, llegó el momento que había preparado durante meses. “La experiencia fue linda. Me da mucho orgullo haber podido representar al país, haberlo representado bien”, relata.

El campeonato fue una verdadera fiesta dedicada al border collie. Eduardo cuenta que era posible encontrar prácticamente de todo relacionado con la raza: ropa, cuadros y distintos artículos vinculados a estos perros.

Pero más allá de la experiencia, estaba la competencia. Y aunque no consiguió subir al podio, asegura haber quedado conforme con su presentación.

El nivel de exigencia del mundial fue uno de los aspectos que más lo marcó. Tres jueces evaluaban las pruebas y el reglamento se aplicaba con un nivel de precisión al que no necesariamente estaba acostumbrado en las competencias nacionales. “Como es un campeonato mundial, existen tres jueces que están mirando la prueba y son muy estrictos en el reglamento”, explica.

Esos detalles terminaron pesando en el resultado final.

Pero hubo algo que para Eduardo tuvo incluso más valor que una posición en el podio: el reconocimiento de quienes conocen este deporte a nivel internacional.

Durante una actividad posterior a la competencia, uno de los jueces se acercó para felicitarlo por su presentación. Según recuerda Eduardo, destacó especialmente la forma en que había trabajado con las ovejas, valorando que su conducción fuera respetuosa, consciente y con buenos movimientos.

Y para el representante chileno, aquello fue suficiente para regresar a casa con la sensación de haber cumplido.

El sombrero huaso que llevó a Chile hasta Escocia

En medio de competidores provenientes de distintos países, Eduardo también llevó consigo una parte de su identidad. Su sombrero huaso.

En un campeonato internacional donde las nacionalidades se encontraban entre perros, ovejas y extensos campos, aquel elemento se convirtió en una forma sencilla de decir de dónde venía.

Desde Puquereo.

Desde Freire.

Desde Chile.

“Las personas me veían y me decían… muy buena prueba”, recuerda.

Y mientras otros llegaban desde lugares con una larga tradición en este tipo de competencias, Eduardo llevaba consigo una historia construida desde el trabajo cotidiano de un campo chileno.

De regreso en Freire, la rutina continúa.

Eduardo mantiene actualmente dos perras adultas y espera quedarse con dos hembras de una camada de cinco cachorros que tiene una de sus perras.

La relación con ellas está lejos de limitarse a los entrenamientos.

Son parte de su vida cotidiana.

“Estamos todo el tiempo juntos”, cuenta.

Por las mañanas, una de las primeras cosas que hace es soltarlas para comenzar a trabajar. Después puede venir una jornada a caballo, alguna faena u otra labor del campo.

Los perros están presentes.

Por eso también existe una preocupación permanente por su alimentación, cuidado veterinario y condición física.

“Como son perros de alto rendimiento necesitan también mantener su condición corporal”, explica.

No se trata solamente de preparar animales para una competencia. Se trata de cuidar compañeros de trabajo que, durante buena parte del día, están junto a él.

El viaje a Irlanda y Escocia no significó el final de la historia, sino un nuevo comienzo.

Eduardo volvió con conocimientos y experiencias que ahora espera aplicar en sus nuevas perras.

Su objetivo es seguir entrenando, mantener la misma línea de trabajo y continuar desarrollándose en una actividad que nació desde una necesidad concreta del campo y terminó llevándolo hasta uno de los escenarios más importantes del mundo para quienes comparten esta pasión.

Y quizás, dentro de tres años, vuelva a intentarlo.

Volver a casa

Hay historias que adquieren valor no necesariamente porque terminen con una medalla, sino porque permiten mirar de otra manera aquello que siempre estuvo ahí.

Para Eduardo, los campos de Puquereo fueron el punto de partida.

Los mismos caminos por donde aprendió a trabajar, los animales que forman parte de su día a día y los perros que primero fueron una ayuda para las labores rurales terminaron convirtiéndose en el pasaporte para conocer otros campos, otras montañas y otra cultura ganadera.

Quizás por eso, al mirar las fotografías de aquel viaje, las montañas de Irlanda no parecen tan lejanas.

Porque entre las praderas europeas y los campos de Freire existe un vínculo que no necesita traducción.

Un perro que reúne ovejas.

Un hombre que conoce el campo.

Y una historia que comenzó en Puquereo y que llegó hasta un campeonato mundial.

Eduardo no volvió con un trofeo bajo el brazo.

Volvió con algo que, para él, parece tener un valor todavía mayor: la certeza de que el trabajo aprendido en el campo chileno también puede abrirse camino en cualquier lugar del mundo.

Y así, entre ovejas, perros, montañas y kilómetros de distancia, un freirino llevó un pedazo de su tierra hasta Europa.

No hizo falta explicar demasiado.

El campo habló por él.

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