
Por Goretty
Hay personas que hablan fuerte y otras que logran decirlo todo con una voz serena. Samuel Millafil pertenece a este último grupo. Cuando responde una pregunta baja la mirada por unos segundos, como si buscara las palabras precisas antes de pronunciarlas. Es un hombre tímido, de pocas estridencias, pero con un carisma que aparece de manera natural en cada conversación. Habla pausado, con respeto, con la calma de quien aprendió a escuchar antes que a hablar. Y basta compartir unos minutos con él para comprender que cada una de sus obras nace exactamente del mismo lugar desde donde salen sus palabras; el corazón.
A sus 30 años, este artista mapuche de Pitrufquén ha encontrado en el dibujo, la poesía y la ilustración una forma de mantener viva la memoria de su pueblo, de su infancia y de quienes lo precedieron. Su identidad mapuche no solo se refleja en la manta que viste o en los símbolos que incorpora a sus obras. También está presente en su manera de entender la vida, en el respeto con el que habla de sus antepasados y en la forma en que convierte cada creación en un puente entre la cultura ancestral y las nuevas generaciones.
Nacido y criado en el sector Segunda Faja de Pitrufquén, Samuel recuerda con especial cariño los años de infancia junto a su bisabuelo y luego junto a su abuela. Guarda con nostalgia las imágenes del camino de tierra, el polvo de los veranos, los antiguos paraderos rurales y los largos viajes en el bus escolar que recorría distintas comunidades antes de llegar al colegio. Son recuerdos sencillos, pero significativos, que hoy alimentan gran parte de su obra.
Desde pequeño descubrió que dibujar era mucho más que un pasatiempo. Mientras otros niños llenaban cuadernos con tareas escolares, él llenaba hojas con personajes, historietas y paisajes inspirados por su gran pasión de infancia; Condorito. Aún conserva aquellas revistas como un tesoro y reconoce que fueron una de las puertas que lo llevaron al mundo del arte.
Con el paso de los años entendió que el arte también podía convertirse en refugio. «Descubrí que el arte es una vía para expresar sentimientos, emociones y contar historias. Muchas veces guardamos cosas que terminan haciéndonos daño, y el arte permite sacarlas», relata.
Pero Samuel no solo dibuja sus propias emociones. Con el tiempo, muchas personas comenzaron a confiarle experiencias personales como pérdidas, enfermedades, traiciones, alegrías y caminos de vida que él transforma en ilustraciones y poemas. «Siempre doy las gracias por esa confianza, porque abrir el corazón no es fácil. Yo trato de responder entregando lo mejor de mí», comenta con humildad.
Quienes observan una obra de Samuel suelen quedarse varios minutos intentando descubrir los pequeños detalles escondidos entre líneas y símbolos. Nada está puesto al azar.
Cada dibujo contiene elementos de la cosmovisión mapuche, símbolos espirituales y significados que buscan despertar la curiosidad de quien observa. Su intención nunca ha sido únicamente crear imágenes bonitas, sino también enseñar, invitar a conocer una cultura muchas veces desconocida para quienes la miran desde fuera. «Cada símbolo tiene un significado. Es una forma de contar historias para que las personas también aprendan sobre nuestra cultura», explica.
Orgulloso de sus raíces
Durante toda la conversación hay algo que resulta imposible no notar. Samuel habla con enorme orgullo de ser mapuche.
No necesita levantar la voz para defender su identidad. Lo hace de forma natural, desde la tranquilidad y el respeto. Su vestimenta refleja esa pertenencia, pero también sus palabras. Cada vez que menciona a sus antepasados, a las comunidades o a los niños mapuche que vienen detrás, sus ojos parecen iluminarse.
Es consciente de que los espacios que hoy ha logrado abrir no son únicamente un reconocimiento personal. Para él representan una oportunidad de acercar la cultura mapuche a más personas y, sobre todo, de inspirar a otros jóvenes artistas a creer en su talento.
Aunque reconoce que todavía le cuesta creer todo lo que ha conseguido, asegura sentirse feliz de recorrer colegios, liceos y centros culturales mostrando su trabajo e incentivando a niños, niñas y jóvenes a descubrir el arte.
Samuel sonríe cuando habla de su próximo proyecto; “Witran Mapu”, su primer poemario ilustrado.
Se define como un escritor romántico, aunque rápidamente hace una aclaración que lo representa por completo. Su romanticismo no habla únicamente del amor entre dos personas. Habla de la tierra, de los oficios campesinos que aprendió junto a su padre, de las esquilas, de los inviernos, del trabajo comunitario, de la memoria y de los pequeños momentos cotidianos que construyen una vida.
«Siempre digo que el pueblo mapuche es romántico, pero no hablo del amor entre dos personas. Hablo de la manera en que entendemos la vida. Para nosotros todo existe en par, no en impar; el hombre y la mujer, el día y la noche, la tierra y el cielo. Hay un equilibrio en todas las cosas. También somos muy nostálgicos, porque recordamos a nuestros antepasados con cariño, sabiendo que siguen acompañando nuestro camino.»
En sus poemas conviven la nostalgia y la esperanza. Porque, como él mismo explica, el pueblo mapuche recuerda constantemente a quienes estuvieron antes, no desde la tristeza, sino desde la gratitud, entendiendo que los antepasados siguen acompañando el camino de quienes hoy continúan escribiendo la historia.
Quizás esa sea la mejor manera de definir también a Samuel Millafil.
Un joven que habla poco, pero dice mucho. Que baja la mirada cuando conversa, pero logra transmitir armonía. Que encontró en el arte una forma de abrazar sus raíces, de conservar la memoria y de recordarnos que las historias más importantes no siempre se gritan; muchas veces se dibujan, se escriben y se sienten.





























