
El caso de un padre formalizado tras ser denunciado por zamarrear a su hija volvió a poner sobre la mesa una realidad que especialistas en infancia conocen bien: una sacudida violenta puede causar lesiones graves e incluso la muerte de un niño pequeño, aunque a simple vista “parezca que no pasó nada”.
La Dra. Francisca Salas, pediatra y directora de Medicina de la Universidad Andrés Bello, explica que este tipo de agresiones puede provocar lo que se conoce como “Síndrome del niño sacudido” o traumatismo craneal no accidental.
“Lo grave es que puede no dejar lesiones externas evidentes, pero sí causar lesiones internas severas”, señala.
Entre ellas menciona hemorragias intracraneales, inflamación cerebral, daño cerebral difuso y hemorragias en la retina. Algunas de estas lesiones pueden manifestarse horas después mediante convulsiones, alteraciones respiratorias, vómitos o compromiso de conciencia.
Un cerebro mucho más vulnerable
La pediatra explica que los lactantes y niños pequeños tienen características físicas que los hacen especialmente sensibles frente a movimientos bruscos.
“Su cabeza es proporcionalmente más grande que la de un adulto, la musculatura del cuello todavía es débil, los ligamentos son más laxos y el cráneo continúa en desarrollo. Además, existe un mayor contenido de agua intracraneal”, agrega.
Todo esto facilita que, durante una sacudida violenta, el cerebro se desplace dentro del cráneo.
“Frente a movimientos bruscos de aceleración y desaceleración el cerebro se desplaza con mucha más facilidad que en un adulto, lo que hace más probable que se presenten lesiones intracraneales graves”, explica Salas.
Las señales que pueden alertar
Uno de los principales problemas es que los síntomas no siempre son inmediatos ni evidentes.
Según la pediatra, algunas señales de alerta pueden ser irritabilidad intensa, llanto inconsolable, somnolencia excesiva, dificultad para despertar, rechazo alimentario o vómitos sin explicación clara.
En casos más severos pueden aparecer convulsiones, episodios de apnea, alteraciones del tono muscular o pérdida de habilidades previamente adquiridas.
También pueden generar sospecha moretones en zonas poco habituales, como orejas, cuello o tronco, especialmente en bebés que aún no gatean ni caminan.
“Ningún signo aislado hace el diagnóstico por sí mismo”, aclara la especialista. Por eso, ante una sospecha, se requiere una evaluación clínica completa, incluyendo neuroimágenes y evaluación oftalmológica.
“No es una forma de corregir”
Muchas veces las agresiones ocurren en contextos de estrés extremo, cansancio o frustración de los cuidadores. Sin embargo, Salas es categórica en indicar que la violencia física nunca debe normalizarse como método de crianza.
“La evidencia muestra que el castigo físico no tiene beneficios positivos demostrados”, afirma. Por el contrario, puede aumentar problemas conductuales y afectar el desarrollo emocional y social de los niños.
Sacudir, golpear o zamarrear a un niño puede derivar en discapacidad permanente o incluso la muerte. “Hablar de pérdida de paciencia puede explicar el contexto emocional del adulto, pero no justifica ni minimiza el daño”, agrega.
Las heridas que no se ven
Las consecuencias no son solo físicas. Crecer expuesto a violencia física o verbal puede alterar profundamente el desarrollo emocional de un niño.
La especialista explica que cuando las figuras encargadas de proteger también generan miedo o daño, se afecta la seguridad básica, el apego y la capacidad de regular emociones.
Además, la exposición repetida a situaciones de amenaza puede activar persistentemente los sistemas biológicos del estrés. Cuando esto ocurre sin una red protectora, puede desarrollarse lo que se conoce como “estrés tóxico”, con impacto en la salud física y mental a largo plazo.
Ansiedad, depresión, irritabilidad, dificultades escolares, trastornos del sueño y problemas para relacionarse son algunas de las consecuencias descritas. En etapas posteriores también puede aumentar el riesgo de conductas violentas, consumo problemático de sustancias y autolesiones.