Por Kevin Andrade Alvarado
Ex atleta de Temuco
Administrador público.
Est. Diplomado MOSO Comité Olímpico Chile

Los Juegos Suramericanos de Santa Fe 2026 dejaron motivos de orgullo para Temuco: Humberto Mansilla y Gabriel Kehr en el lanzamiento del martillo, Dominga Aylwin en el vóleibol y Valentina Barrientos en los 800 metros. Sus logros amplían nuestros referentes y permiten que más niños y jóvenes proyecten un futuro en disciplinas que habitualmente reciben menos atención.
Como ex atleta y administrador público dedicado a la gestión deportiva, considero que este reconocimiento debe traducirse en apoyo sostenido. El aplauso llega después de competir; los pasajes, la implementación y la preparación se pagan antes.
Chile cuenta con instrumentos y programas nacionales como PRODDAR y Promesas Chile. El desafío es asegurar su cobertura, continuidad y coordinación durante toda la trayectoria deportiva. PRODDAR, por ejemplo, exige un logro internacional destacado para acceder a su incentivo. También necesitamos respaldar a quienes todavía están construyendo ese resultado, el proceso al alto rendimiento es cuando más deportistas en proyección se pierden.
El desafío también es político. El deporte no puede seguir utilizándose como escenario de fotografías, anuncios y banderas partidarias. No basta con aparecer junto a un campeón o inaugurar recintos si después faltan recursos para mantenerlos, entrenadores con sueldos acordes a su labor técnica y programas que sostengan la formación integral de deportistas.
El deporte contribuye a la salud física y mental, la prevención de conductas de riesgo y la integración comunitaria. Promueve la disciplina y abre oportunidades para niños y jóvenes que enfrentan desigualdades desde su origen. Ese valor social exige acuerdos entre todos los sectores políticos, más allá de sus diferencias.
Familias, clubes, municipios y empresas locales realizan un esfuerzo valioso. Pero representar a Chile no debiera depender del bolsillo familiar ni de la capacidad presupuestaria de cada comuna. Necesitamos un acuerdo transversal que asegure financiamiento estable, criterios transparentes y evaluación de procesos y resultados. Su continuidad debe trascender los cambios de gobierno y el interés comunicacional de turno.
Esto exige cuestionar un statu quo cómodo con celebrar el resultado sin hacerse cargo del proceso. Si queremos seguir organizando grandes eventos, debemos garantizar mejores condiciones para los deportistas de casa. El legado debe comprobarse cuando se apagan las cámaras: en el acceso a recintos, entrenadores respaldados y oportunidades para las nuevas generaciones.
La tarea es vincular la formación con el alto rendimiento, fortalecer los clubes deportivos serios y evitar que el talento se pierda por falta de recursos. Para ello, necesitamos una cultura empresarial que se sume a la economía asociada al deporte, una que acompañe proceso. Y los más importante, una política de Estado que dé continuidad al esfuerzo local.
Nuestros representantes ya nos dieron razones para celebrar. Ahora corresponde que el sector público, las empresas y la sociedad civil acuerden cómo respaldar a quienes vienen detrás. El deporte merece menos instrumentalización y más compromiso: políticas permanentes que reconozcan su aporte a la cohesión social y al desarrollo humano.