
Es innegable que somos mayoría quienes nos declaramos amantes de la vida en todas sus formas. En mi propio hogar, los animales rescatados son la regla: la convivencia con cuatro perros y siete gatos me ha enseñado en primera persona el valor de su amor incondicional, su asombrosa inteligencia y la enorme responsabilidad que implica hacerse cargo de su bienestar.
Entre esas vidas, Ángela, quien ilustra esta columna, recorría las calles de Pitrufquén sin destino y sin que nadie supiera de donde vino, pero pudo pasar bajo mi techo sus últimos seis años de existencia, de los 15 o más que decían los veterinarios que debía tener y dejó este mundo en abril pasado en plena ancianidad perruna, acompañada de nuestras caricias hasta su exhalación final. La apodamos “abuelita” y entendía por su éste y por su nombre real. Quiero suponer que fue feliz con nosotros, porque al menos nosotros sí lo fuimos mucho por su maravillosa presencia.
La transversalidad con la que hoy hombres y mujeres de todas las edades protegen a sus compañeros peludos ha configurado una sociedad mucho más sensible que la de hace unas décadas.
Sin embargo, como todo fenómeno social en expansión, el movimiento animalista enfrenta hoy contradicciones profundas que merecen ser analizadas.
La primera de ellas es la paradoja de la empatía digital. Resulta alarmante ver cómo en redes sociales florecen linchamientos y sucesiones de insultos contra personas que, por razones de fuerza mayor, se ven obligadas a buscar un nuevo hogar para su mascota.
Aunque el abandono absoluto es inaceptable, criminalizar a quien busca una alternativa responsable de adopción demuestra una preocupante falta de compasión humana.
Asimismo, figuras legales como la del «animal comunitario» a menudo actúan como un eufemismo para normalizar el abandono, diluyendo la responsabilidad individual en una caridad vecinal que rara vez garantiza una vejez digna y segura a estos dulces seres que solo quieren vivir tranquilos, al igual que nosotros.
Pero la contradicción más dolorosa surge cuando el fervor por los derechos animales coexiste con la indolencia hacia nuestros propios pares, particularmente hacia los adultos mayores. Tenía listo el borrador de esta columna hace dos meses abordando todos estos puntos y, dolorosamente, hoy adquiere una trágica vigencia nacional. Mientras escribo estas líneas, el país aún procesa el horror del incendio en un hogar de ancianos con serias deficiencias en Pitrufquén, donde 16 adultos mayores murieron atrapados, seguido apenas una semana después por el brutal asesinato de una mujer de 91 años en su propia casa para robarle su jubilación.
El abandono o maltrato hacia nuestros ancianos y el maltrato animal brotan de la misma raíz: una preocupante pérdida de sensibilidad y responsabilidad hacia los más vulnerables.
Hace unos años fui testigo de una realidad desoladora: una mujer interpuso trabas judiciales para evadir un aporte mensual mínimo hacia su madre enferma, que finalmente quedó establecido en $10.000 mensuales, escudándose en su situación económica. Sin embargo, esa misma persona no dudaba en financiar de forma voluntaria cirugías de esterilización para animales callejeros por montos hasta cinco veces mayores. Aunque la gestión de recursos individuales es soberana y la esterilización es una causa noble y necesaria, ver a una madre llorar el desamparo de un hijo debido a esa desidia es una postal que violenta el alma.
El activismo animalista es un motor fundamental para la evolución moral de nuestra sociedad. Sus logros son admirables y necesarios. Sin embargo, para que esta causa siga prosperando y contagiando su nobleza, no puede construirse sobre las cenizas de la empatía hacia nuestra propia especie. Ampliar nuestro círculo de compasión hacia los animales jamás debería significar estrecharlo para los seres humanos.