
En un sistema educativo que muchas veces exige resultados inmediatos, la historia de Inés Matus, docente de educación general básica, recuerda que las verdaderas transformaciones toman tiempo, convicción y vocación. Con casi 15 años en pedagogía, diplomados en mediación escolar y un magíster en necesidades educativas especiales, su trayectoria no solo está marcada por logros académicos y de gestión, sino por una conexión genuina con los estudiantes, especialmente aquellos que más necesitan apoyo.
Desde el inicio, su sello fue claro; trabajar con quienes enfrentan mayores dificultades. “Mi debilidad o mi fuerte es tratar con aquellos estudiantes que son más complejos. Siempre pensaba cómo ayudarlos, cómo llegar a ellos, cómo hacer que aprendan”.
Esa inquietud no surgió en la universidad, sino mucho antes.
La historia de Inés comienza en un entorno rural, en Nueva Etruria, límite entre Gorbea y Pitrufquén, donde creció en una familia numerosa de ocho hermanos, con padres trabajadores y una infancia marcada por el esfuerzo y la sencillez
Fue allí, en la escuela fiscal N°71, donde comenzó a gestarse su vocación. “Desde los 9 años ayudaba a la profesora con los niños más pequeños. Y ella me dijo: tú vas a ser profesora algún día. Nunca olvidé eso”.
Continuó sus estudios en la escuela Las Américas y luego en el hoy liceo Bicentenario de Ciencias y Humanidades enfrentando las dificultades propias de la época. “Había que caminar mucho, la locomoción no era como ahora. Pero siempre fui preocupada de mis estudios, sacrificada, porque sabía que quería salir adelante”.
Sin embargo, la vida tomó otros rumbos. Las condiciones económicas y sociales de ese entonces no facilitaron el acceso temprano a la educación superior. “Eran otros tiempos, estudiar era caro, no había las facilidades de hoy. Pero la pasión nunca se fue”.
Antes de convertirse en profesora, Inés trabajó en distintos ámbitos. Nunca dejó de trabajar, como ella misma lo señala. Pero la idea de estudiar pedagogía seguía intacta.
Hasta que decidió dar el paso.
Ingresó a la universidad a los 43 años, en la universidad Arturo Prat. “Fue un cambio muy brusco, pero era mi sueño, mi pasión de vida. Yo decía: ahora es el momento”.
En una sala con mayoría de jóvenes, logró abrirse camino gracias a su determinación. “Éramos 75 y terminamos 15. Fue muy maratónico. Trabajaba de lunes a lunes, estudiaba viernes y sábado, pero yo decía: yo puedo”.
“Siempre tuve autoestima alta, porque creí en mis capacidades. Había gente que confiaba en mí, y eso también te impulsa”.
Los primeros pasos: decir “sí” cuando otros dicen “no”
Su ingreso al mundo laboral docente estuvo marcado por una decisión que cambiaría su rumbo: aceptar un reemplazo por solo un día en la comuna de Freire. “Me dijeron que era por un día. Nadie quería ir. Yo dije que sí, porque necesitaba que me conocieran”.
Ese gesto marcó el inicio de múltiples oportunidades.
“Después me dijeron: llamé a 12 personas y nadie quiso. Y me dejaron todos los reemplazos”.
Así comenzó un recorrido por diversas escuelas entre Freire y Pitrufquén, entre escuelas rurales y urbanas. En muchas de ellas asumió funciones que iban mucho más allá del aula. “No había indicaciones. Había que hacer de todo: enseñar, dirigir, organizar. Desde primero a sexto básico”.
Uno de los mayores desafíos llegó cuando debió asumir funciones directivas sin experiencia previa en gestión.
En la escuela Allipen, donde estuvo cuatro años, enfrentó procesos administrativos complejos en medio de cambios institucionales. “Cuando uno no sabe algo y le dejan un cargo, es difícil. Pero yo tengo algo: el ‘¿por qué no?’”.
Allí encontró apoyo clave en una colega. “Me dijo; tú quieres trabajar, yo te voy a enseñar. Y me enseñó todo. Eso no siempre pasa, porque a veces este sistema puede ser muy egoísta”.
Bajo su gestión, la escuela mejoró en matrícula, desarrolló actividades deportivas como ciclismo, llegando incluso a competencias en Arica, y fortaleció su organización interna.
El gran desafío: la transformación en la escuela Coipúe
Uno de los capítulos más significativos de su carrera fue su llegada a la escuela Coipúe, un establecimiento que enfrentaba baja matrícula y desafíos en su vínculo con la comunidad. “Me costó empoderarme al principio, porque venía con la experiencia de otras escuelas. Pero después entendí que esta escuela tenía mucho potencial”.
Desde el primer momento, su enfoque fue claro: recuperar la confianza de las familias.
“Había que reencantar a los apoderados, demostrar que sí se podía, que los niños podían aprender, que la escuela podía crecer”.
Y lo logró.
Impulsó iniciativas innovadoras, muchas de ellas gestionadas con recursos propios y apoyo comunitario:
- Creación de una banda escolar
- Formación de un coro
- Desarrollo de un grupo folclórico
- Implementación de castings artísticos
“Dije: ¿por qué no? Conseguimos recursos y partimos con la banda. Los niños lo tomaron muy en serio, con un compromiso impresionante”.
También se fortaleció la infraestructura: “La escuela no tenía sala de computación como corresponde. Hoy hay una instalación nueva. Y estamos trabajando en una biblioteca”.
El trabajo pedagógico comenzó a dar frutos concretos. Los resultados académicos mostraron avances significativos. “En Simce tuvimos un alza en lenguaje de 271 y en matemáticas de 273. Eso demuestra que el trabajo va dando resultados”.
La escuela alcanzó además la excelencia académica, consolidando un proceso de mejora. Pero más allá de los números, lo que más destaca Inés es el compromiso de los estudiantes. “Una alumna llegó con fiebre a dar la prueba. Su papá me dijo que no podía ir, pero ella insistió. Fue los dos días. Eso habla de compromiso”.
Para Inés, enseñar no es solo transmitir contenidos. Es comprender la realidad de cada estudiante. “Siempre visitaba a los apoderados, quería saber cómo viven. No se puede entender a un estudiante sin entender su entorno”, afirma.
“Cuando un niño pierde el ritmo, hay que parar, respirar, volver a empezar. Eso les decía siempre”.
El reconocimiento más importante: el cariño
Al cerrar su etapa laboral, fueron los gestos de sus estudiantes los que marcaron el momento. “Me regalaron abrazos, flores, palabras. Eso es lo más valioso”.
Recuerda especialmente a estudiantes que la acompañaron desde sus primeros años. “Algunos los conocí desde primero básico. Verlos crecer, egresar… es muy emocionante”.
Incluso estudiantes de otros establecimientos llegaron a despedirse. “Un niño del liceo fue con su mamá solo para estar ahí. Son cosas que no se olvidan”.
Una nueva etapa, sin dejar de enseñar
Hoy, Inés inicia una nueva etapa, más tranquila pero igual de activa. Vive en el campo, donde junto a su esposo se dedica a la apicultura. También participa en su comunidad y proyecta nuevos desafíos personales. “Ahora tengo que aprender a descansar. El cuerpo también pasa la cuenta”.
Entre sus sueños cumplidos está el viajar. “Siempre pensé que era imposible. Desde 2022 empecé y no he parado. Fui a México, Colombia, y mi último viaje fue a Cuba”.
Y aún sueña más. “Quiero ir a Europa. Mientras pueda, lo voy a hacer”.
Una historia que inspira
La vida de Inés Matus es testimonio de que nunca es tarde para cumplir un sueño, y de que la educación pública sigue siendo un espacio de transformación real.
“No importa cuántas veces uno se caiga, lo importante es cuántas veces se levanta”, agrega.
Su recuerdo queda en cada estudiante, en cada escuela donde dejó huella, y especialmente en la escuela Coipúe, donde logró algo más profundo que mejorar indicadores; devolvió la confianza, el sentido de comunidad y la convicción de que aprender sí es posible. “Siempre hay que intentarlo. Porque cuando uno quiere, puede”.
Antes de finalizar la entrevista, suspira y agradece a cada persona que, desde un principio, la motivó a salir adelante: a su profesora, quien marcó en ella sus habilidades pedagógicas y sembró, desde los 9 años, el sueño de convertirse en docente; un anhelo que cumplió años más tarde, incluso después de educar a sus hijos. Hoy reconoce a quienes le abrieron las primeras puertas en el mundo de la pedagogía, a quienes creyeron en ella, a sus colegas que le enseñaron, a los alcaldes que le brindaron oportunidades, a su familia y a la educación pública que la formó, donde trabajó y donde finalmente cerró su etapa laboral, pasando a retiro con casi 15 años de servicio en distintas aulas de Freire y Pitrufquén.





























